Uribe y el neocorporativismo global.


La derecha corporativista española premia a la derecha gamonal colombiana por sus avances en la consolidación de un Estado corporativo al amparo de la idiosincrasia reaccionaria. Los países sólo existen para unos y he aquí la prueba. Una noticia irrelevante en principio, cobra valor por el provincialismo de nuestra cultura política manifiesto en el complejo de inferioridad de nuestros periodistas, que pretendiendo vender mazorca, anuncian que España concede a Álvaro Uribe el premio a “mejor dirigente político iberoamericano de la década”. Mentira.



Lo que ha ocurrido es que en un intento de legitimación de clase global, un grupúsculo de expolíticos españoles militantes de la derecha, hoy magnates y diestros empresarios del sector de los medios de comunicación, hijos de esa versión cristiana del protestantismo que fundara Escrivá, han decidido coronar al presidente Uribe con un rimbómbate título que le sume puntos de popularidad en territorios indianos. Es como si el comité ejecutivo de El Tiempo (ahora bien repartido con la élite hispánica corporativista), concediera un premio a la lambonería de Alan García; o mejor aún, como si al consejo de la Universidad de la Sabana se le ocurriera premiar a Marta Lucía Ramírez y a Sabas Pretelt por sus excelentes gestiones para terminar “la obra de dios”. Mi abuelita también dice que soy buen mozo, y qué.



Argumentan el señor Ariza Iragoyen y su séquito (1), que el dignatario se hace acreedor al leviatánico título en honor a su “trabajo destinado a mejorar la calidad de vida de su país, a defender los valores del bien común, y la lucha contra el terrorismo” . El bien común entre ellos, claro. Defienden los abanderados de los principios morales del acaudalado arzobispo de Madrid, Rouco Varela, que “defender los valores del matrimonio y la vida de los no nacidos” es motivo más que suficiente para encumbrarlo en semejante pedestal. Pero no se menciona la moral del prelado respecto al valor de la vida de los sí nacidos, y matados por el Estado, por ejemplo. Y ensalza Intereconomía, que el presidente hizo todo esto “siguiendo los valores del libre mercado”. Es que Uribe es un crack.



Los países han desaparecido para ellos. Lo que queda son corporaciones con el beneplácito del sector reaccionario-empresarial de las clases políticas nacionales, que coinciden en sus intereses económicos. Corporaciones que se hacen con los medios masivos de comunicación para propulsar su autolegitimación. Es decir, la configuración de una clase corporativista global, que pretende hacer coincidir sus intereses económicos con los intereses estatales allí donde consigue hacerse con el poder, verbigracia, en Colombia. Y en consecuencia, el uso de las fuerzas de seguridad de los Estados como agentes de seguridad privada para esta clase. Cualquier Berlusconiano paralelo es pura picardía.



Una clase que se alimenta de los vacíos jurídicos y las diferencias legales de país a país. Que se mueve entre la trampa, haciendo en otras latitudes lo que en sus países está prohibido. Un Banco Mundial que exige a los países promover la autonomía de los pueblos y un Fondo Monetario Internacional que condiciona sus préstamos al reconocimiento del pluralismo jurídico, como estrategia política para saltarse la legislación estatal en la explotación de los recursos.



Y mientras esta clase global asciende impasible por los caminos narcóticos de la tele, un sector importante de la izquierda sigue con el chicle pegado del imperialismo, identificando obsoletamente un enemigo externo con una ubicación geográfica que coincida cómodamente con algún Estado-nación. Como si la cosa fuera todavía entre países.


Mentira, son todos los mismos y están en todas partes, las élites nacionales trabajan codo a codo alrededor del globo. Lo que ellos entienden por países no es más que ingentes masas populares, alimentadas con el rico cebo de los nacionalismos, que dócilmente paguen impuestos y de vez en cuando voten.

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