Congreso nuevo no tan nuevo. I



Se ha escogido congreso. Y mucho desconfío de quienes se apresuran a gritar a los cuatro vientos que el pueblo ha hablado, que es la voluntad general, y otra suerte de falacias legitimadoras; amigo el ratón el queso. No es precisamente el mejor momento del legislativo y los resultados habrá que analizarlos con detalle. La necesidad de replantear las instituciones es imperiosa, hay que dar el debate y construir sobre la marcha.



He de confesar que disfruté el debate, hubo de todo y para todos los gustos. Se dieron madera. Las ideas, opiniones, críticas y reprimendas volaron durante el último mes como avispero alborotado. Personalmente consideraría una lástima que la discusión cesara ahora dejándonos en el letargo de la resignación política. Es precisamente en el campo de las ideas en el que podemos llegar a acuerdos respecto al tipo de sociedad que queremos ser, respecto al tipo de vida que queremos llevar, y por consiguiente, al tipo de instituciones que queremos tener.



Durante estos días las elecciones al congreso estuvieron en el centro de la crítica y los análisis que se hicieron se pueden categorizar entre los catastrofistas y los optimistas. Por cantidad ganan los primeros. Por peso también. No son pocos los motivos: se habla de la imposibilidad técnica de un verdadero voto de opinión en términos de la necesidad de información, de la crisis institucional del legislativo, de la farsa del márquetin político, de la inviabilidad del uribismo sin Uribe, del abstencionismo y la falta de fe de la ciudadanía en sus instituciones. Curioso por otra parte que quien argumenta esto último haya sido precisamente quien desde el ministerio de guerra se saltó al congreso en varios decretos que requerían su aprobación.



Del otro lado están los optimistas, que tampoco se quedan cortos de motivos apelando a la crítica de la ciudadanía, a la participación y la movilización, al éxito de la Corte Constitucional, a la labor de la Corte Suprema de Justicia en la dispendiosa purga del congreso, al dudoso y taimado triunfo de la reforma política (de la que también tendremos mucho que hablar), y por supuesto, a los congresistas honestos, que aunque pocos, por suerte destacan cada vez más.



Lastimosamente encuentro que del lado de los optimistas no estoy. Pero tampoco quiero estar del lado de los fatalistas. La salida que nos queda está puesta en los movimientos sociales. Una gran cantidad de gente que consciente del fracaso de las instituciones políticas y la poca seriedad de los partidos políticos, se organiza al margen de las instituciones tradicionales, reclamando autonomía, gestionando con éxito y honestidad los recursos, y sobretodo, construyendo alternativa.

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